Sunday, 15 March 2026

 

A quién puede gustar la partida de Barnes

 

por Miquel Porta – 13 de marzo de 2026 – versión inicial


Ref.: Julian Barnes (2026): Despedidas, Barcelona, Editorial Anagrama. Traducido al castellano por Jaime Zulaika. [216 pp., 19,90 €]. Comiats, Barcelona, Angle Editorial. Traducido al catalán por Alexandre Gombau. [208 pp., 19,90 €]. Fecha de publicación en castellano y catalán: 28 de enero de 2026.

Edición original: Departure(s), Londres, Jonathan Cape (Penguin Random House), 2026. [176 pp., 24,25 €]. Fecha de publicación en el Reino Unido: 19 de enero de 2026, día en que Barnes cumplió 80 años. Edición leída por el autor de esta reseña.

 

 

We come from eternal nothingness

and that is what we return to.

Venimos de una nada eterna

y a eso volvemos.

 

 

…this is bloody serious,

this is my –our– last shot at happiness.

…esto va muy en serio,

es mi –nuestra– última baza para la felicidad.

 

 

 

Estoy contento de poder recomendar este libro: para el entretenimiento, la reflexión, la ensoñación o la divagación diletante de un abanico muy amplio de lectores, adeptos o no a Julian Barnes, a la manera inglesa de vivir y saber estar, (y sí, adeptos o no) a los hombres jóvenes de corazón. En primer lugar porque tiene una calidad literaria bien alta; quizá, muy alta. Segundo, porque el texto cuenta avatares atractivos –básicamente, vitales, amorosos– de los dos protagonistas, Jean y Stephen, supuestamente ficticios, o no tanto, así como del propio Julian Barnes, el personaje central del libro, sin duda; supuestamente real, o no siempre. Y tercero, por los otros temas e ideas que trata o entretiene de forma sobria, cálida y divertida: la enfermedad a cualquier edad, la vejez, la proximidad de la muerte, las antiguas amistades y los nuevos viejos amigos, la memoria y su pérdida, el estado del bienestar, la civilidad, la escritura indómita, los escritores… en las etapas históricas de nuestras sociedades desde los años 1960 hasta hoy.

Y hasta aquí una reseña concisa. Suficiente.

Sin embargo… sin embargo, nos concierne el placer de la lectura y, por tanto, es pertinente preguntarnos quién sentirá tales dichas, u otras, al leer el libro. Y a quién corresponde analizar tal posibilidad: ¿tanto al crítico experto como al lector común?

 

¿A quién puede gustar la marcha de Barnes?

¿A quién puede gustar pues la despedida, partida, marcha, aquí te pillo / aquí te dejo, ahora vuelvo… o lo que sea de Julian Barnes?

Ponderar a quiénes podría gustar el libro es en principio tan apropiado para el lector común como para el crítico experto; es algo a lo que nadie está obligado, pero acaso es más frecuente o natural en el lector, en las conversaciones sobre libros que tantos lectores tenemos con amistades y relaciones, conversaciones que son una parte importante de la experiencia lectora. A menudo los críticos soslayan tratar explícitamente la cuestión.

La cual, sin embargo, es obligatoria para los responsables de vender libros, claro. Y a ella se acostumbra a responder de formas elegantes o estentóreas. Entre estas últimas, la lamentable impresión de ‘blurbs’ (comentarios de alabanza) no ya en una solapa o sobrecubierta de papel, sino en el mismo tejido de lo que, sin los encomios, hubiese sido una deliciosa tapa dura forrada de lino. La de Jonathan Cape (Penguin Random House) con Departure(s). Un hecho, aquél, que chirría en una edición formalmente impecable y también excelente en las formas literarias inglesas del autor.

Constatación: la pregunta que abre esta sección encuentra hoy abundantes respuestas cabales en las galaxias digitales, si quien busca tiene algo de experiencia en buscar (¿de qué va el libro, me gustará…?). Es fácil hallar respuestas veraces y concretas, interesantes, útiles.

Admonición obvia: la pregunta que abre esta sección no tiene una respuesta unívoca. Por eso incluye un “puede”, claro. Porque nadie puede saber por qué gustará a algunas –pocas– chicas y chicos de menos de cuarenta; o a unos cincuentañeros no cincuentones.

No toda la gente joven tiene por qué sentirse extraña ante afirmaciones como esta: “… yup, count your fucking blessings, mate.” (p. 57 y 62): sí, cuenta tus putas bendiciones, chaval, da gracias a la vida por lo que tienes.

Diría que esta puede ser una “novela” (no es una novela) vitalmente cercana a quienes vivieron algo a fondo al menos parte de sus veinte a sesenta años (nada menos); o sea, que algunos de ellos hoy se acercan o superan ampliamente los setenta. ¿Cifras etarias no siempre absurdas?

Muy avanzada en el libro (p. 79), esta frase empieza un largo paréntesis: “(¿Te he dicho ya que Jean y yo una vez nos fuimos a la cama? Sí, ya me imagino que eso puede ser una sorpresa. […]).” Aparte: creo que son dos las veces que Barnes nos cuenta que en la cama no le(s) fue bien; de las que tuviese, que él sabrá, nos cuenta dos, sin detalles, a dios gracias y como era de esperar en un caballero.

Interesantes comentarios de Jean sobre su vida erótica antes de conocer a Stephen, y luego durante las dos etapas de ambos como pareja. Con alguna frase del estilo de “good sex can be as much of a problem as bad sex” (p. 96), el buen sexo puede ser tan problema como el mal sexo. O: “Happiness doesn’t make me happy”, la felicidad no me hace feliz (p. 109, 127); y otras (p. 123). Que obviamente deben leerse en sus páginas y contextos antes de entrar a chismorrear si son trucos de Barnes para esto o aquello.

En quiénes pensamos cuando leemos ciertos párrafos o la totalidad de una obra, ¡tantas veces! A quiénes recordamos o con quiénes sentimos que sería agradable charlar de ella. Es una parte importante del gozar de la lectura y del arte en general.

Por qué más me ha gustado. En Instagram y otras plazas mayores me he preguntado pública e impúdicamente si este libro me hubiese gustado tanto de no tener como tengo ciertas similitudes o coincidencias vitales con Barnes –aunque algunos de mis (des)amores y afanes, edades y dolencias sean menos gravosas que las de él. O si me hubiese gustado de no estar pasando una época placentera y afortunada incluso en las adversidades que al decir de Victor Hugo tan convenientes son para ser feliz. O si lo he disfrutado incluso por contingencias como la cálida luz hogareña y los no menos hogareños alcoholes que ahora mismo me envuelven por fuera y por dentro. El lector que conoce las carencias de su formación literaria es consciente de cuánto influyen en sus placeres literarios esos azares vitales y coyunturales, tan alejados del buen gusto y los cánones como propicios a sesgos y desatinos, lucidez. También es consciente de ello el buen crítico, solo que, se supone, él intenta neutralizar dichas influencias. Si la belleza está en los ojos de quien la mira… si una parte del placer ya está en el alma feliz del lector… ¿Quizá aquí tengamos una de las claves de por qué las mujeres –más felices– leen más? O son (muchas de) las personas felices quienes más leen…

Bienvenidas las circunstancias extraliterarias y los sesgos que propician hedónicos o epicúreos placeres lectores.

Nota metodológica escueta: leí el libro dos veces seguidas entre el 27 de enero y el 15 de marzo. La primera, sin subrayar ni anotar nada; la segunda, profusamente. Para mí, garabatear ideas y páginas del libro en sus márgenes es un juego, un placer. Las páginas aquí citadas son solo una fracción de las que anoto en el libro, un guiño al lector de esta reseña, una invitación. Apenas he leído alguna otra reseña.


¿Notas cómo apenas te escondo que te hablo de mí?

En Partida(s), Julian Barnes habla mucho y bien en primera persona y de sí mismo; afirmación (hipótesis) ambivalente, sí, polivalente.

De su cáncer, que es infrecuente, raro, lo cual le gusta, o eso nos dice: gusta de pretender que le gusta tener un cáncer sanguíneo raro. Y añade: “¿Es eso esnobismo? Un poco.” (p. 53).

De su ondulante proceso diagnóstico y terapéutico, de las estancias en el hospital, en plena pandemia por COVID-19, del lenguaje y códigos médicos (excelente libro para estudiantes y profesionales del ramo); de las sorprendentes conversaciones con enfermeras y médicas. De cómo se lo toma: con paciencia y buen rollo. Más motivos para que el libre guste a según quienes.

Del sufrimiento enorme que supuso para Barnes la rápida muerte de su anterior esposa por una agresiva neoplasia. De la llamada tardía en la noche del amigo con un cáncer avanzado, desolado por cuánto sufre su esposa.

Y esta literatura es verdadera: lo reconocemos por el diálogo interior que emerge a cada rato.

Nos trae diálogos con los amigos en los funerales (¿pobre viuda…? ya, ya, ¿y él, qué?, el muerto sí que está bien jodido… etc.). Diálogos con los amigos y el lector sobre la vida y la muerte. No siempre animados. La conversación del escritor con el lector como uno de los grandes temas del libro (p. 29, 39… 151… 157).

Que es un libro sobre él mismo puede decirse sin lugar a dudas; incluso podría decirse que “sobre todo y ante todo” es un libro sobre sí mismo. Mas la expresión entrecomillada sería lamentable ante un libro arborescente, multinivel, poliédrico. Lo encomiable es que no sea vacua o vanidosamente umbilical como tantos otros.

Habla pues de sí mismo, del hombre joven y del maduro, del joven hombre maduro, de las identidades y horizontes de los hombres viejos. “…This is bloody serious, this is my –our– last shot at happiness” (p. 83, 108).

Es así un libro también para vosotras las mujeres de nuestra edad, palmo más, palmo menos; o quizá incluso también para las hijas e hijos o nietos que tengan tiempo y fuerzas para intentar entendernos un poco mejor en esta etapa final, nueva para todos. Ya que esta es la primera y última vez que vivimos. “We come from eternal nothingness…” (p. 74, 128).

Personas que creyeron en la remota posibilidad de ser felices. Y pusieron sus manos y su alma a la obra. Amaron todo lo que pudieron. Y su amor les fue devuelto con creces, con generosidad, con eternos instantes fugaces de ternura que por siempre jamás llevaron insertos en sus huesos. También con insoportable dolor.

 

De buen humor, contenido, no trivial, no solemne

Julian Barnes conversa a menudo sutilmente con el lector mediante las historias con sus amigos, las (ex)mujeres, colegas, críticos; mediante pinceladas sobre su insegura, dolorosa juventud y sus más serenas madurez y vejez... Benévolo consigo y los demás. No trivial, no solemne (¡gracias!). Con una auto-ironía y self-deprecation (ese reírse modestamente de uno mismo) delicada o cariñosa; muy, muy divertida. Sin carcajadas. Sin autocompasión, autopiedad o victimismo (carente de self-pity). También hay desolación (p. 117 y ss). Y un inefable Jack Russell terrier, Jimmy, que envejece sin saberlo, ni siquiera sabe que es un perro.

“Tú, novelista, dijo Jean, y pude ver que ella estaba realmente bastante cabreada [hay que ser inglés para sentir que el ‘bastante’ es necesario y apropiado ahí en medio]. Tu, jodido novelista, no pudiste resistirlo, ¿verdad?.” Jean reprocha a Barnes que haya conspirado con Stephen para que éste y ella vuelvan a encontrarse, cuarenta años (!) después de separarse a los veinte años. Barnes, intentando escabullirse: “Bueno, respondí, siempre he creído que la forma es tan importante como el tema.” Jean: “¡Y ahora eres un puto novelista engreído!” (…) Jean: “Jesús, Stephen, él se ha convertido en un puto novelista y tú en un punto santo.” Entonces Barnes relaja la tensión: “Punto en el cual, gracias a Dios, los tres nos reímos a la vez…” Mas quizá este párrafo (p. 70) carece de gracia si antes no se ha leído la historia de ellos tres en los inquietantes, amorosos años como estudiantes de Oxford. “Ellos dos en un banco bajo un árbol desconchado, repasando para los (exámenes) Finales, deeply together yet inevitably apart, profundamente juntos aunque inevitablemente aparte, dado que ninguno de los dos podía entender las asignaturas del otro.” (p. 37),

No solo escribe con humor cosas jocosas, escribe de buen humor; estándolo él y reflejándose en su texto. Subrayo: escribe de buen humor. Uno de los ingredientes impagables del libro, como una inesperada especie dulzona en un sabroso guiso picante.

Se cuestiona, corrige, pregunta al lector siempre presente. “No, dale la vuelta a esa prioridad…” (p. 17). “Lo que acabo de decir, ¿tiene sentido?” (p. 34). “La vida y la memoria pueden ser tan… quijotescas, ¿no te parece?” (p. 39, un ejemplo de las páginas excelentes por su magia, en este caso al tratar de la música, la memoria y los amantes). “Y encontré que le echaba de menos. ¿Es eso cierto? En todo caso…” (p. 67, 133, 140, 144).

La magia… Sí, a menudo, para el lector, lo bueno de una novela no son tanto sus ‘temas’ o ‘el argumento’, es una magia inaprehensible. Sabemos saborearla. Que emana del qué y el cómo, de lo que se cuenta y de cómo se hace. Y que es sutil o invisible.

En Partida(s) esa magia no permea y perfuma solo las páginas más emotivas, también lo hace con las aparentemente más racionales. Así, las vivencias que Barnes bosqueja con carboncillo sobre el buen funcionamiento del hospital público en el que se trata o sobre los parques públicos por los que pasea son persuasivas, sí: simple, sencillo sentido común y práctico a favor de la equidad, el sosiego, la amabilidad, la eficiencia social… o el estado del bienestar. Y entonces, sin trazo grueso, en el papel refulge esta idea: “La felicidad puede ser social” (p. 58). Alto ahí.

Y si lo cortés no quita lo valiente, lo contenido no quita lo franco. Entrevistado por Rafa de Miguel: “Me he vuelto más de izquierdas porque el centro se ha desplazado a la derecha.” Y de qué manera.

Por Mick Brown: “Barnes describió la literatura como ‘un proceso de producción de mentiras grandiosas, hermosas y bien ordenadas que dicen más verdad que cualquier conjunto de hechos’.” También un investigador mayormente empírico está de acuerdo. Y el epidemiólogo que hay en mí agradece las sabias alusiones a la pandemia por COVID-19, al confinamiento.

Barnes da pues para divagar, sonreír, ensoñar… Quiere y logra “provocar rêverie” (p. 138). En mucho de todo ello no hay posibilidad ni necesidad de que el lector se identifique o coincida con el autor. Y seguramente esos contrastes –me identifico y me gusta, no me identifico ni coincido y también disfruto– influyen tanto en la calidad artística de la obra como en el placer que al vivirla o pensarla siente el lector.

De hecho, estaba antes parado en un semáforo en el siempre idílico tráfico matutino, pensando el libro con esa distancia y serenidad espiritual tan propia de las urbes (no todo van a ser horizontes pastoriles infinitos)… y me ha parecido como que me daba cuenta de lo siguiente: Barnes habla con tino y gusto de muchísimos temas, personales y sociales, lo cual es en parte de esperar en un viejo escritor que dice que lo deja; lo sorprendente o raro no es tanto que sean tantos temas en tan solo 150 páginas; lo curioso es… ¿que apenas se note que son tantos, que no agobie… la ausencia de vehemencia, el sosiego, la contención… la ligereza del carboncillo?


Modos de leer

Una bibliotecaria, buena lectora (T.M.) me dice a pata la llana, contenta, que el libro se lee fácilmente. Es un elogio, y expresa que le gustó. Seguro que T. no dejó de pillar en él un montón de cosas. (Aunque sea) lectora muy distinta de este lector que esto escribe. En mí quedarán jirones del libro mucho tiempo. Por supuesto que otros muchos lectores efectúan livianas lecturas sensibles. Y a otra cosa, mariposa; otro libro, película, serie.

Otra conocida mía (F.S.), esposa de escritor (ojo al dato), contrasta mis elogios a Partida(s) con los biliosos reproches que un crítico por ella conocido le ha hecho a Barnes: que si su obra no necesitaba de esta ‘novela’ supuestamente menor y tal. Qué fardo, sentirse obligado a juzgar desde la mezquindad del corral la Obra de este y aquel. Claro que los críticos ecuánimes son vitales.

Tengo cierta confianza con el autor de un libro (L.Q.) uno de cuyos ejes más atractivos es la memoria involuntaria (MI). Ya de buenas a primeras (páginas) le mensajeé que le gustaría leerlo, el de Barnes, pues trata la MI y la memoria autobiográfica involuntaria (MAI) en varias partes. Y le dije que yo veía la posibilidad de un buen ensayo de él (L.) sobre las arboledas comunes a ambas obras. No soy tan ingenuo como parece, mi amigo es persona de exiguos celos literarios.

Métodos de escribir: sobre ellos el libro es también sugerente. “The compost theory of writing”: “La ficción requiere el lento ‘composting’ de la vida antes de que convierta en material utilizable…” (p. 74, 26). Diarios, notas, cuadernos, charlas con personas, recuerdos a pelo…

Las formas, procesos y falacias de la memoria. Barnes se cuestiona. Y cuestiona con tranquilidad cómo seleccionamos o no qué recordamos. Esa tranquilidad es terapéutica, útil. También su malestar cuando se queda en blanco. La vejez...

La traición de Barnes a Stephen y Jean, quienes le pidieron repetidamente que nunca jamás escribiese sobre ellos. “Y yo respondí, ‘Por supuesto que no’ –y en todo caso, no es así como funciona.” (p. 74). That’s not how it works. Escribir. Vivir. Maravilla estilística de contenido y forma, de verdad y mentira.

Los diálogos cordiales son otro de los placeres a los que Barnes invita. Con Proust, nada menos, por ejemplo. “Me doy cuenta de que ha habido bastante Proust en este libro. Y ni siquiera soy proustiano. Pero quizá ello muestra que lo cito principalmente para discrepar.” (p. 72).

Y –¿muy importante?– un nombre de fármaco que no recuerdo (haber querido) ver en mi primera lectura y que me planteó si debía cambiar mi percepción de algunos de los tonos del libro ya mencionados (contención, sosiego…): “amitriptilina” (p. 60). Un antidepresivo tricíclico clásico (apropiadamente, desarrollado en los años 60 del siglo XX, tan presentes en la obra), todavía hoy prescrito a menudo para la depresión mayor. En esa página Barnes enumera su ingesta diaria de fármacos. De alguno da la dosis (“1 gramo de quimio”), pero no de la amitriptilina, lo cual sería útil para valorar la indicación o el posible grado de depresión que vivía; o si era preventiva.


Incurable pero manejable como la vida

Como un cantautor o futbolista cualquiera –tan reacio a dejar los focos como deseoso ya de volver–, Barnes y sus editores han anunciado profusamente que este sería su último libro; él, en entrevistas y ya desde la página 9 del mismo. Acaso audaz, sincero y pícaro (p. 151). Mas si este no fuese su último libro, que ya ha avisado, a la vez, que no lo será… si no fuese siquiera su última novela (tiene margen y crédito para decir que la próxima, cuando salga, es otra cosa) (la presente no es una novela al uso) (y no me extrañaría que la siguiente obra, la que sea, ya esté en marcha)… pues no será que no nos informe desde el mismo título del libro, “Departure(s)”: un polisémico y travieso paréntesis cuya supresión en “Despedidas” y “Comiats” sería enojosa si no fuese que pa qué.

Igual podría ocurrir –no lo tengo claro– con el descarte de la traducción más fiel a la par que elegante, la cual en castellano no sería “Despedidas” sino “Partida(s)”, de partir, irse, marcharse; ya sea despidiéndose a la francesa o a la inglesa –ambos modales serían apropiados al parcour littéraire del “más francés de los escritores ingleses actuales”. No sé si es sentido comercial; como si “partidas” tuviese que confundir a un alérgico a los videojuegos. Seguro que Google Gemini (GG) tiene una justificación favorable a los editores; ella, tan obsequiosa, tan en boga.

Cabe mencionar también que:

a) el libro tiene cinco partes o quizá capítulos, desde “1. El gran yo soy” [“The great I AM”, que en realidad se refiere a la involuntary autobiographical memory (IAM), la memoria involuntaria autobiográfica que, como ya anotamos, es uno de los principales temas del libro], pasando por “3. Manejable”, hasta “5. Yendo a ninguna parte”; y

b) no tiene una mísera página para un índice con los títulos de tales cinco partes y sus correspondientes páginas de inicio.

Índice que tampoco tienen las dos ediciones hispánicas arriba mencionadas. Ni ninguna de las otras traducciones que GG dice haber consultado. Por lo que podría colegirse –eso hace ella, GG– que la ausencia de índice es deliberada. Y que quizá (“probablemente”, dice la ladina GG) obedece a los juegos metaficcionales, trucos y chanzas que Barnes construye. Ciertamente, en la página 9 leemos: “Habrá una historia –o una historia dentro de la historia– pero todavía no.” Es plausible que Barnes no quiera que veamos siquiera la parte del andamiaje de su libro que constituyen los títulos y el orden de los capítulos. Como si hoy fuese posible comprar el libro sin haber leído que dos capítulos del mismo –separados por otro en medio, comme il faut– se refieren a la metaficcionada historia amorosa, erótica y doméstica de Jean y Stephen. Que también se lee muy bien.

Lo malo es que GG da títulos equivocados de algunas ediciones: da “Partidas” en la española (falso), “Partides” en la catalana (falso). Y da “Partenze” en la italiana (cierto), “Partida(s)” en la portuguesa (parcialmente cierto, el título real es “Partidas”), y “Départ(s) en la francesa (cierto). Típico de la “inteligencia artificial” actual, tantas verdades como mentiras. Como para dejar que ella le aconseje el régimen quimioterápico a uno.

Y hablando de quimio: cuando Barnes pregunta a las médicas y médicos si su cáncer es curable, le dicen que no, pero que es “manageable” (págs. 43 y ss, 63, 155), cuya traducción por “manejable” no me parece herejía, vistas sus acepciones oficiales. Traducirlo como “tratable” tampoco está mal. Pero lo mejor es cuando él reacciona al diagnóstico de “incurable, sin embargo manejable” con “ah, eso suena… como la vida, no es verdad?”

 


No comments:

Post a Comment